martes, 20 de mayo de 2014

dedos en cruz

Tu nunca soportaste la verdad, y cuando fui a contártela te descubriste a ti misma reflejada en mis palabras. Creías en quimeras y nunca pudiste verme como lo que soy. Me dijiste lo que cabía esperar, me cargaste con la culpa pues tu nunca reconociste la verdad pese a conocerla. Engañaste al mundo para poder engañarte a ti misma, y cuando yo quise desnudarme, te levantaste y te marchaste dejando un amargo sabor a despedida.
Yo por aquel entonces me hice el duro conmigo, aunque por dentro fuese un plato roto. No llegué a escribir estas palabras por miedo a reconocer que pese a todo, lo único que quería era desaparecer en tu regazo.
Pasaron los meses sin saber nada de ti, aunque por supuesto lo sabía todo, buenos amigos me informaban, supongo que lo mismo que hiciste tu, aunque yo siempre fui poco comunicativo, o eso decías.
Nunca más volvimos a vernos, pues nunca más fuimos los mismos. Yo desaparecí creando capas de duro acero alrededor de mi corazón para así no dejar que nadie más volviese a romperlo, y así preservar un poco de aquel aroma a rosas que fluía agonizante por mi sangre. Tu por tu parte, no soportaste tampoco descubrir tan joven quien eras, así que moriste el día que me dejaste, y apareció con tu piel una persona que perseguía un príncipe encantado que le devolviese el deseo que yo me había llevado.
Enmudeció el tiempo hasta que me pareció verte, en aquel sitio donde un día caí rendido a tus pies y te juré amor eterno. Me hiciste prometer que volveríamos a caminar como compañeros del trabajo, aunque esa vez torné los dedos en cruz porque sabía que nunca más volverían aquellos días. Pasó el verano como quien mira la nieve, y no volví jamás a pasar por tu portal, ni te recogí en cualquier parada, ni tus muslos volvieron a posarse en mis sabanas, aquello pertenecía al pasado que durante mucho tiempo quise retener de mil maneras.
Desapareciste en las pieles de las otras mujeres que besé, aunque quisiste, como si aquella mujer estuviese viva dentro de mi, jugar conmigo unos meses más, en los que cada día me levantaba deseando haberte olvidado, para que desapareciera el perfume que esparciste por todo el mundo de manera macabra de manera que te viese en cada flor y en cada espina.
Se me olvidó despedirme para siempre, aunque espero que hoy en día lo sepas, y tiene gracia, que tu, que nunca quisiste a los poetas, me dijeses ¡hasta siempre! y que yo no te entendiese hasta hoy.
Dejé de pensar que aquellas promesas que nos hicimos aun durasen, y quemé tu memoria en una caja de zapatos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario